21 septiembre 2019
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OPINIÓN: Vara promete el futuro sin remediar el presente

¿El futuro es una substancia adictiva? No está descrito como tal, pero leyendo y escuchando a Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura, no sería raro que lo fuese.

A Vara sólo le falta su Moisés. Sí, porque la vara propiamente dicha es él y como ocurrió con Moisés, según las sagradas escrituras, esa vara, ese cayado mesiánico, nos guía hasta ‘la tierra prometida’, que es el futuro.

Extremadura pelegrina hacia los arroyos de leche y de miel del futuro, según se colige siguiendo la prédica de Vara, “porque tenemos mucha agua y mucho sol que serán fuentes de energía que no contaminen, ese es nuestro reto”.

Agua y sol, aunque falte la paella, parece la ‘fabrica’ de una región con playa. Pero no, vaya, vaya, porque aquí no hay playa, mecachis en la mar salada, y que Orellana la Vieja me perdone. El sol y el agua son nuestro futuro; el futuro que Guillermo Fernández Vara vislumbra para Extremadura.

Aunque cualquier tiempo pasado fue anterior, sol, lo que se dice sol, tenemos el mismo del año pasado y el de hace cuatro años. Y agua, lo que se dice agua, hectómetros más o hectómetros menos, tenemos la misma cantidad que con Juan Carlos Rodríguez Ibarra, pues no se ha construido ningún gran embalse desde que él se bajó del cargo, ya que el de Alqueva lo construyó Portugal.

Entonces, ¿en que se basa el optimismo de Vara? ¿En que el sol y el agua llevan dentro un microchip que terminará con el paro? ¿Está en nuestras manos ese microchip? ¿La riqueza que genere enriquecerá a Extremadura o a otras regiones? ¿Se basa el optimismo del presidente en que viviendo al lado de Portugal y con un presente tan negro como el que tiene Extremadura -sólo hay que mirar la tasa de desempleo y combinarla con la emigratoria- el futuro ya no puede ir a peor? O en que, dado que al presente le falta pan, es conveniente profetizar un futuro lleno de banquetes.

Sinceramente no lo sé, pero no me tranquiliza la adicción al futuro que observo en el presidente Guillermo Fernández Vara. Todo lo contrario, me preocupa.

Me preocupa porque prometer el futuro no compromete. Prometer el futuro es torear de salón, luciéndose. Prometer el futuro es pelear contra tu propia sombra, frente al espejo, con la seguridad de que ni vas a ser corneado ni recibirás golpes. Se puede prometer y profetizar el oro y el moro para el futuro sin que luego, cuando el futuro sea presente y no haya ocurrido nada de lo pronosticado, se le puedan exigir responsabilidades al gobernante que ejerció de profeta.

En una situación tan negativa para Extremadura como la presente, preferiría que al frente del Gobierno extremeño hubiese un gobernante que dijera qué va a hacer hoy, lunes, 26 de noviembre del año 2018, por los extremeños, que no a un presidente que anuncia lo que el propio futuro va a hacer por la población, por quienes aún no hemos emigrado, gracias a que tenemos sol y agua. Que es básicamente y a grandes rasgos, lo que el franquismo dejó en Extremadura: sol y agua. Y ya se ve como nos ha ido a pesar de ser la primera potencia mundial en la producción de tomate.



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