21 febrero 2020
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OPINIÓN: Despidiendo al año que se va

En el capítulo de lo inquietante no puedo dejar de pensar en la primera y en la segunda parte de una película que podríamos titular “Terror y corrupción”. Como ya habrán podido adivinar, me refiero a la central nuclear de Almaraz. No solo están jugando con unos años más de un juguete terrorífico (del que habían prometido el cierre al cumplirse la fecha legal, previamente ampliada), sino que se implora para que siga abierta hasta encontrar “un plan de empleo alternativo para la zona afectada”.

¡Como si la zona afectada no fuera Extremadura entera! Y de lo que habían prometido por escrito, ni una palabra más. ¿Para qué? ¿Acaso hay en esta tierra un periodismo, una universidad o una intelectualidad que lo pida con firmeza? Y en cuanto al ejército de parados, ya saben, la mitad se arrima a lo público y la otra mitad vegeta de acá para allá a sabiendas de que les engañan.

La segunda parte de esta película, que lleva 40 años rodándose, empieza ahora y podría titularse “Los residuos que nadie quiere”. Desmantelar el fantasma instalado ilegalmente al lado mismo de la carretera nacional (no respetaron ni la distancia legal exigida) llevará mucho tiempo y mucho dinero. “Empaquetar” los residuos radiactivos necesitará mucho más, tanto como necesitan siempre las cosas sin solución. Nadie quiere ese fantasma cerca. Por eso solo se les ocurre a los Estados poner dinero a raudales para tapar ese escándalo y calmar a los afectados con la promesa de una seguridad inexistente. Y, mientras tanto, a costa de esa tragedia, los que crearon el problema con ese invento diabólico volverán a engrosar en sus arcas millones y millones de euros de la misma forma corrupta que amasaron los primeros. Todo ello con la promesa de nuevos empleos, reforzada ahora con la de una seguridad imposible. Solo ellos saben y pueden hacer esa tarea; y prometen hacerla compatible con el desarrollo de las energías renovables, a las que se han apuntado después de haberlas puteado durante cuarenta años.

El otro fantasma que nos trajo este año que se va es el de la minería a cielo abierto, otro gran descubrimiento que va destinado a los de siempre: a los que, como en el chiste, “siempre les toca el de la cabeza gorda”. Se trata de minerales estratégicos que traerán la abundancia y el empleo allí donde se posen. Pero ya no será como el uranio en la mina del Lobo, en La Haba; ahora la tecnología extractiva es de tal calibre que puede horadar una montaña sin que todo ese pifostio afecte nada a la santa sostenibilidad.

Como saben, la zorra cambia de pelo, pero no de costumbres. Y ya vuelven a imitar las tácticas que tienen patentadas: la multinacional que todo lo sabe y todo lo puede, sin que nadie le haya visto la cara; la nacional, compañera necesaria para perpetrar el delito, y la regional, palancanera que lleva y trae lo que haga falta y resuelve entuertos en nombre de la tierra que ha tenido la suerte de ser elegida para el nuevo invento sostenible. Como en el misterio de la santísima trinidad: tres personajes y un solo dios verdadero.

Menos mal que 2019 también nos trajo algunas cosas buenas y algunas iniciativas emprendedoras ejemplares, tanto en la región y en el país como en la aldea global a la que pertenecemos. De ellas les hablaremos desde el principio del nuevo año, para que vean que no todo son desgracias en la casa del pobre ni el partido está de antemano decidido. Como dicen los futboleros: queda mucho partido por jugar. Así que paciencia y barajar, que vamos a por el 2020.


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