30 mayo 2020
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OPINIÓN: El Telepronter

En Estrasburgo en mayo de 1985, durante la celebración del cuarenta aniversario del final de la II Guerra Mundial, en la intervención de Ronald Reagan el telepronter falló. Se atascó. Y con él, el Presidente de los Estados Unidos, que durante unos segundos calló para acabar volviendo al discurso una vez arreglado obviando una frase sobre Roma y las campanas de la plaza del Vaticano.

Le jugó una mala pasada el telepronter.

El pasado sábado este mismo aparato nos la jugó a todos los españoles. Eran las nueve de la noche y el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se dirigió a la nación, se dirigió a esos compatriotas que cumplían ya una semana sin salir de sus casas, una semana sin abrazar a sus padres o a sus hijos, una semana apartados de todos los suyos.

Y lo hizo con un discurso que pasará a la historia como el del final de una forma de hacer política, el final de tratar de convertir un desastre en el que cada día mueren cientos de españoles en un laboratorio de marketing social, en un experimento en el que todos asistíamos absolutamente perplejos a un discurso en el que, si bien no se atascó el telepronter, este aparato fue el problema.

Comunicar es emocionar. Puedes leer o no. Pero tienes que parecer creíble . El problema viene cuando en cada frase se percibe que no sientes lo que lees, que te han preparado un discurso desde el marketing pero no pegado a los ciudadanos y a sus emociones.

España mereció ese día un Presidente que hablara de los problemas que tenemos, que incluso pidiera disculpas por la falta de previsión de un gobierno superado con un departamento de marketing que se hunde por momentos. Nada se dijo de los problemas reales que tienen los ciudadanos, de las soluciones para ellos. No habló del sufrimiento de miles de familias de este país que han perdido a seres queridos estos días.

Tampoco habló Sánchez de los problemas de los sanitarios, de sus problemas reales, de su falta de previsión con los equipos de protección individual, su falta de liderazgo en la compra centralizada o su desabastecimiento a las Comunidades que han tenido que buscarse la vida. Así, literalmente. No habló de las jornadas maratonianas de los médicos, enfermeras o celadores sin apenas equipos de protección que hace que estén enfermando por cientos. No habló de la gente normal que le escuchaba en su casa, no habló de Conchi que desde su casa en Alburquerque hace mascarillas para algún servicio de un hospital de Badajoz, o de Marisol y su grupo de mujeres que en Fregenal cosen las mascarillas que usan los ciudadanos y trabajadores del pueblo y que también mandan al Hospital de Zafra

Tampoco habló del autónomo real, ese que tuvo que bajar la persiana de su negocio hace 10 días y tardará aún mucho tiempo en poder abrirla sin ayudas del gobierno para pagar su seguridad social o sus préstamos o sus renting, que no van a esperar ni a posponerse hasta que llegue la solución definitiva.

No respondió preguntas incómodas, se dedicó a leer respuestas a preguntas previamente filtradas y revisadas. Leía las respuestas. No tuvo que leer ninguna sobre la manifestación del 8 de Marzo que le acompañará el resto de su vida. Porque hay decisiones en la vida que nos acompañan en la eternidad. Tampoco tuvo que contestar ninguna pregunta incómoda sobre la cuarentena de Pablo Iglesias cuando toda España se pregunta por qué se la saltó.

No era día de marketing, era día de hablar con el corazón en la mano, era el día de emocionar, de transmitir algo de ilusión entre tanto miedo. Pero no. Habló de queroseno, del consumo de luz o de internet. Le habló a los españoles entre frases sacadas de manuales de resistencia y otros de diversa consideración. Dejó el corazón en el despacho de su departamento de propaganda y jugó al cálculo político, cuando los españoles más necesitan a una persona a la que seguir.

Estos días, en esta crisis, están convirtiendo la política en un telepronter roto, en un aparato del que solo lees pero no transmites, y yo me niego. Me niego a que le hablemos a los ciudadanos como si fuéramos máquinas, me niego a que no seamos sensibles con lo que pasa a nuestro alrededor, me niego a responder el móvil y no sentir rabia cuando alguien que da trabajo a decenas de personas te cuenta sus problemas, o no sentir alivio cuando conoces de alguien que se ha recuperado de esta enfermedad.

Reivindico la política de verdad, que no es la del Ala Oeste de la Casa Blanca o la de House of Cards. Reivindico ruedas de prensa como las de Pablo Casado, en la que se usa la tecnología en beneficio de la transparencia y no en beneficio propio. Cuando decidí dedicarme a esto lo hice por personas como él y reivindico su figura estos días, la figura de un auténtico hombre de Estado que aún pudiendo cada día convocar diez ruedas de prensa para denunciar barbaridades e incoherencias de este Gobierno, no lo hace. No hace lo que hicieron con nosotros cuando falleció Excálibur. Maldita memoria selectiva.

Frente a la propaganda, frente a las máquinas, frente a cámaras, reivindico la política de cercanía, la de los Alcaldes de nuestros pueblos que llevan la compra a sus vecinos mayores para que no salgan o desinfectan el pueblo con sus propios tractores. Reivindico nuestro trabajo, nuestra pasión de servicio a los demás, nuestra actividad. Porque, sin duda, otros con sus actitudes, con sus cálculos, con sus puestas en escena, con sus palabras y con sus hechos desalientan a ciudadanos y crean desazón.

Esta crisis separará la paja del trigo. Separará a los charlatanes de los políticos de raza. A los gurús de la gente normal que solo pide creer en quien ve al otro lado de la cámara. Esta crisis prejubilará a gente sin corazón. Y sin alma.

FIRMADO: Víctor Píriz


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