Al toque de trompetas y tambores, el cacique del sanchismo ha ordenado a sus parásitos (asesores, ministros y otras malas hierbas pegadas al sillón por el sueldo y un muy poquito trabajar), un zafarrancho de combate desesperado. El objetivo: contener las hordas de realidad que le asedian por todos los flancos de esta nación que él cree su cortijo.
Sus "decretazos sociales" —ese barniz de bondad pagado con el sudor del que madruga— nos invaden a costa de pactar con quien haga falta. Le da igual un heredero del terror que un prófugo de la justicia; lo importante es que el decreto salga y el sillón se mantenga. Donde dijo "digo", ahora dice "amnistía", y mañana dirá lo que le exijan para no tener que hacer las maletas.
Estamos en campaña, y este presidente —tan egocéntrico como inútil para lo común— ha dado la orden: ganar Madrid a costa de lo que sea. Ataca a la capital porque es el espejo donde se mira su incompetencia, el único muro que se niega a doblar la rodilla ante sus delirios de grandeza.
El gran masca del sanchismo ordena ahora: "Salir a ver las necesidades de los ciudadanos y visitar los barrios, salir en la tele fingiendo que os importa". ¡Qué lástima que no lo hicieran antes! Pero claro, desde el cuero pegajoso y cómodo del Falcon se está demasiado tranquilo puteando a la nación mientras se rinde pleitesía a comunistas, separatistas y terroristas.
Mientras ordena combate, bien podría ordenar limpieza. Sus compinches se esconden para que no se hable de las mordidas, de las maletas o de los cuarteles, sacando cortinas de humo para tapar la corrupción que ya les llega al cuello.
Al cacique del dedazo, al rey de la mentira y la sinvergüencería, le gustan los toques de tambor. Pues bien, habría que recordarle un toque que quizás su soberbia no le deja oír. Un toque que la oposición, a veces más perdida que las pesetas, conoce pero no se atreve a ejecutar. Un toque que millones de españoles ya están tarareando en silencio.
Es un toque despiadado, mortal, pura guerra psicológica inventada por los musulmanes y perfeccionada por los españoles. El mismo que sonó durante días antes del asalto al Álamo.
Suena a "Degüello", señores.
Y "degüello" significa, sin prisioneros políticos. En España ya están tronando los parches. Hasta ahora, ese toque ha sonado por los miles de compatriotas que se llevó la incompetencia en la pandemia y por las víctimas que sus "amigos" terroristas dejaron en el camino. Pero la música está cambiando de dueño. Ahora empieza a sonar para ustedes y para esa banda de aliados que le sujetan el palio.
Corran, señores, corran. Cuídese, Sr. Sánchez, que yo le quiero mucho, pero bien lejos: ya no vale su rendición. Váyase a su casa antes de que las trompetas dejen de sonar, porque cuando el silencio llegue, será tarde para usted y para su partido. Corran, que el tiempo se agota.
Los españoles llevan en los genes el ansia de libertad y soberanía. Los antiguos conquistadores aprietan desde la historia y los fallecidos claman justicia desde sus tumbas. Antes de que se abran las puertas a los jinetes del apocalipsis electoral, tiene usted la opción de salir por tierra, mar o aire. Pero hágalo rápido, porque como esto empiece de verdad, no va a encontrar rincón en España donde esconderse de la memoria de un pueblo harto.
El tiempo se acaba. El tambor ya suena.