El destierro de los sabios: cuando la tecnología nos borró el alma
V. Hurtado
11 de Mayo de 2026
A mis 70 años, camino por un mundo que ya no reconozco. He sido de todo: lavacoches en la adolescencia, empleado de oficina, comercial, empresario... He trabajado desde que tengo uso de razón y, en mis tiempos, las cosas se sabían de memoria. Llevábamos los números de teléfono, las rutas y los nombres de los clientes grabados en la cabeza. Éramos dueños de lo que sabíamos.
Hoy, mi autonomía cabe en la palma de mi mano, en un teléfono móvil que me ha hecho olvidar hasta dónde vive mi familia. Si pierdo el aparato, parece que pierdo mi existencia. Me dicen que todo está en "la nube", pero yo solo veo un cielo gris donde no sé entrar, ni cómo salir, ni a quién pedirle las llaves.
Antes, el mundo tenía rostro. Ibas al banco y te llamaban por tu nombre; te explicaban las cuentas con calma, mirándote a los ojos. Hoy, entrar en una sucursal es sentir que molestas. Te señalan un cajero frío y sofisticado como quien aparta un estorbo. Los empleados, hoy convertidos en máquinas insensibles, no se dan cuenta de que están alimentando a la fiera que mañana los dejará en el paro. No ven que ellos también cumplirán 70 años y sentirán este mismo vacío.
Vivimos en la dictadura de la "cita previa" y la aplicación obligatoria. Códigos que no llegan, contraseñas que se olvidan, actualizaciones que te cambian la vida de sitio cada mañana. Y entre medias, el miedo constante a la estafa que acecha tras cada pantalla. Te dicen: "Es muy fácil, lo hace hasta un niño de diez años". Y esa frase te clava un puñal, porque te hace sentir torpe, alguien que ya no es válido para este sistema.
Duele perder la autonomía. Duele sentir que, después de toda una vida construyendo este país, te convierten en un "no apto" por no saber usar una App. Nos están robando lo que fuimos para convertirnos en piezas de un engranaje que no entiende de humanidad.
Ahora llegan las Inteligencias Artificiales. Nos prometen que nos obedecen, mientras les entregamos nuestra vida en bandeja. Señores bancarios, señores policías, señores financieros: no se rían del anciano que no sabe usar el móvil. Pronto, un robot que no cobra, no se queja y no duerme hará su trabajo mejor que ustedes. Y entonces comprenderán lo que sentimos hoy nosotros: la amarga sensación de que el progreso, en su carrera por ir más rápido, se ha olvidado de que al final del camino siempre debería haber una persona.
Quizás la humanidad no esté evolucionando, sino avanzando hacia una obediencia ciega a las máquinas. Pero mientras me quede voz, seguiré diciendo que mi memoria valía mucho más que su tecnología.
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