Una lengua, una voz, un futuro
Victor Ramos Sánchez
10 de Septiembre de 2026
Ser conscientes de la realidad lingüística del lugar donde vivimos es el primer paso para evitar que parte de nuestro patrimonio desaparezca. Nuestras formas de hablar no son un defecto que corregir, sino la expresión de una historia, un territorio y una identidad construida durante siglos.
No hablamos peor. Hablamos diferente. Hablamos desde la tierra y la memoria.
Durante demasiado tiempo, muchas personas extremeñas han escuchado que su manera de hablar era incorrecta o vulgar. Se ha ridiculizado nuestro vocabulario, se ha corregido a nuestros mayores y se ha enseñado a generaciones enteras a esconder determinados rasgos de su habla. El resultado es que muchas palabras se han perdido y otras sobreviven únicamente en la memoria de quienes todavía las utilizan.
Extremadura posee una gran diversidad lingüística. Aquí hablamos español, palramus estremeñu, falamos a fala y encontramos también el raiano, especialmente en la frontera con Portugal. En el Valle de Jálama se conserva a fala, hablada en Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo, mientras que el estremeñu, de origen asturleonés y popularmente relacionado con el término «castúo», continúa formando parte de nuestro patrimonio.
Esta diversidad no debería reducirse a una cuestión de folclore. Cuando desaparece una palabra, también puede desaparecer parte de la memoria que la acompañaba.
La convivencia entre lenguas y variedades no siempre se produce en igualdad de condiciones. El español ocupa una posición dominante, mientras otras formas de hablar han quedado relegadas al ámbito familiar o local. Esta situación puede generar diglosia y glotofobia: discriminación por el acento, el dialecto o la manera de hablar. Expresiones aparentemente inocentes como «habla bien» pueden provocar vergüenza, inseguridad y, finalmente, el abandono de la variedad propia.
El problema no está en la boca de quien habla, sino en los prejuicios de quien escucha.
Por eso debemos reivindicar que conocer y utilizar correctamente el español no implica renunciar a las palabras y expresiones heredadas de nuestra familia y nuestro territorio. Podemos hablar español y podemos palral estremeñu. Podemos conocer otras lenguas sin borrar la nuestra.
En los últimos años ha aumentado el reconocimiento institucional de las lenguas extremeñas, pero celebrar su existencia una vez al año no basta. Si forman parte de nuestra riqueza cultural, ese reconocimiento debe traducirse en investigación, documentación, enseñanza, presencia en los medios, protección patrimonial y apoyo a quienes las hablan.
Una lengua no sobrevive únicamente en los libros. Sobrevive cuando puede hablarse sin vergüenza y cuando las nuevas generaciones saben que pueden utilizarla sin pedir disculpas.
Extremadura no tiene una única voz, sino un mosaico lingüístico que merece ser conocido y protegido. No debemos confundir norma con superioridad: una lengua estándar cumple una función social, pero eso no convierte en inferiores las variedades que quedan fuera de ella.
Defender el estremeñu y el resto de nuestro patrimonio lingüístico es defender nuestra memoria y nuestro futuro. Todo puede empezar con un gesto sencillo: arrochal-si una mijina, echal-si a palral i palral sin mieu.
Que nadie tenga que esconder la voz que heredó.
Palru porque pueu.
Porque defender una lengua no es mirar hacia atrás. Es luchar para que pueda tener futuro.
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