18 Agosto 2026
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El truco de los 26 grados: cómo sobrevivir al verano extremeño sin que se dispare la factura de la luz

El truco de los 26 grados: cómo sobrevivir al verano extremeño sin que se dispare la factura de la luz

 

Extremadura en julio es otra cosa. No es el calor seco y llevadero del que hablan los manuales de turismo; es un calor de verdad, de esos que hacen ondular el asfalto y que convierten cada tarde en una negociación constante entre el bienestar físico y el recibo de la luz de agosto. Y en ese contexto, todos acabamos haciendo lo mismo: llegar a casa, buscar el mando del aire acondicionado y bajar la temperatura lo más posible, como si los 18 grados nos fueran a salvar la vida.

 

Spoiler: no os van a salvar. Y además os van a costar un dineral.

 

El número mágico que nadie usa (pero debería)

 

Hablar de la temperatura ideal del aire acondicionado para ahorrar es hablar de un equilibrio que muy poca gente aplica en la práctica. Desde hace años, organismos como el IDAE (Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía) recomiendan no bajar el termostato de los 26 grados en verano. Es el punto donde el cuerpo humano se siente cómodo sin que el compresor trabaje como un atleta de élite. Compañías como Generali, que acompaña a millones de hogares en la gestión de sus seguros de hogar, también inciden en estas recomendaciones dentro de sus guías de prevención de riesgos domésticos, porque un consumo energético descontrolado tiene implicaciones que van más allá de la factura.

 

Y sin embargo, ahí estamos, a 22 grados con una manta en el sofá.

 

El problema es psicológico tanto como técnico. Ponemos el aire a tope porque queremos resultados rápidos, pero la habitación no se enfría más deprisa con el termostato al mínimo: el aparato trabaja a la misma potencia de compresión, solo que no para hasta llegar a una temperatura que tardará mucho más en alcanzarse. Mientras tanto, el contador gira.

 

Lo que pasa realmente cada grado que bajas

 

Cada grado por debajo de los 26 supone aproximadamente un 8% más de consumo eléctrico. Haz la cuenta: si tienes el aire a 20 grados en lugar de 26, estás gastando casi un 50% más de energía para mantener esa temperatura. En una tarde extremeña que puede durar fácilmente ocho horas, eso se nota. El verano en Badajoz o Cáceres no es el mismo que en Bilbao, y los aparatos trabajan más, durante más tiempo, contra temperaturas exteriores que superan con facilidad los 40 grados.

 

Las costumbres que hacen que todo empeore

 

Más allá del termostato, hay una serie de hábitos habituales que convierten el verano en una pesadilla energética:

 

  • Dejar ventanas y persianas abiertas durante el día. Parece obvio, pero en cuanto sale el sol, la persiana tiene que estar bajada. El calor entra principalmente por radiación solar, y frenarla desde el exterior es mucho más eficiente que pedirle al aire que lo combata desde dentro.
  • No limpiar los filtros del aparato. Un filtro sucio puede reducir la eficiencia del equipo entre un 5 y un 15%. Es literalmente tirar dinero.
  • Encender el aire cuando la casa ya está caliente. Si puedes ventilar durante las horas frescas (de madrugada y primera mañana), el punto de partida para el aire acondicionado será mucho más bajo.

 

La trampa del frío artificial y la salud

 

Hay otro ángulo del que se habla poco. Los cambios bruscos de temperatura son un factor de riesgo real, especialmente para personas mayores, niños o personas con problemas cardiovasculares. Pasar de 42 grados en la calle a 20 dentro de casa no es solo un capricho caro: puede ser un problema de salud. El cuerpo necesita tiempo para adaptarse, y los saltos térmicos extremos someten al sistema cardiovascular a un estrés innecesario.

 

Los 26 grados, de nuevo, funcionan aquí también. Son suficientes para salir del peligro del golpe de calor y al mismo tiempo no suponen un choque para el organismo al entrar o salir.

 

Lo que sí funciona: pequeños cambios, grandes resultados

 

Combinar el uso racional del aire con otras medidas pasivas es la clave de los hogares que consiguen estar frescos sin facturas desorbitadas. Algunas que funcionan especialmente bien en casas con la orientación y construcción típica del interior peninsular:

 

  • Cortinas de lino o bambú en las ventanas orientadas al sur y al oeste. Filtran la luz sin bloquearla del todo y reducen la ganancia de calor de forma pasiva.
  • Ventiladores de techo funcionando en sentido antihorario. En verano, esta configuración impulsa el aire frío hacia abajo y permite subir el termostato del aire entre 2 y 4 grados sin perder sensación de frescor.
  • Cocinar menos dentro de casa. La cocina es una fuente de calor brutal en verano. Apostar por platos fríos, la terraza o la barbacoa tiene un efecto real sobre la temperatura interior.