OPINIÓN: ¿Qué pasa con los insectos?
31 de Enero de 2026
Manuel Martín Alzás
Los insectos, el grupo de organismos vivos con la biodiversidad más alta del planeta, agrupa el 55% de todas las especies descritas y se encuentran en todos los ecosistemas terrestres y de agua dulce donde ocupan una gran variedad de nichos, participando en todos los procesos ecológicos. Este grupo de animales presenta una alta diversidad de hábitos tróficos, pudiendo ser fitófagos, saprófagos, descomponedores, depredadores o parasitoides, siendo los principales responsables del reciclaje de más del 20% de la biomasa vegetal terrestre, y uno de los principales degradadores de restos de origen animal. Por otra parte, los insectos son imprescindibles como mantenedores y generadores de biodiversidad vegetal, ya que más del 75% de las plantas con flores de todo el mundo dependen de la acción polinizadora de los insectos.
Cada vez son más las evidencias científicas que muestran el declive en la diversidad y abundancia de los insectos en todo el mundo, lo que nos indica el pobre estado de la biodiversidad y nos recuerda que es totalmente necesario paliar la falta de conocimientos en lo referente a al estado de las poblaciones de este grupo animal. Dada la enorme presencia de estos artrópodos en los ecosistemas es preciso incidir en el papel crucial que juegan en los distintos medios terrestres y acuáticos. Además, ofrecen distintos servicios ecosistémicos como la polinización, el control biológico, la regulación de la fertilidad de los suelos, etc.
A pesar de su gran diversidad, y del papel que estos artrópodos tienen en el funcionamiento de los ecosistemas, generalmente no son tenidos en cuenta en las políticas de conservación de la biodiversidad que, en general, adolecen de una visión integradora de la composición de las comunidades y de las redes de relaciones interespecíficas que las mantienen. Si analizamos la representatividad de cada uno de los grupos taxonómicos, tanto en la Lista Roja global de UICN, como en las listas rojas nacionales se pone de manifiesto la poca atención que reciben los grupos taxonómicos de animales no vertebrados en los programas de conservación. El porcentaje de especies de los grupos invertebrados que se han incluido en listas rojas globales o regionales es muy bajo. Un claro exponente de esta situación es la Lista Roja de la UICN a nivel mundial, en la cual los insectos solo constituyen el 7% de las más de 76.000 especies evaluadas (IUCN, 2015) y menos del 0,05% de las especies mundialmente conocidas de estos artrópodos. En el caso de la lista roja a nivel nacional, los insectos se encuentran muy poco representados, solo constituye el 0,5% de todas las especies conocidas en nuestro país.
A nivel general, el impacto del cambio de usos del suelo, unido a los procesos de deforestación, agricultura intensiva y expansión urbanística, son los principales factores que provocan una continua degradación de los hábitats y provocan la pérdida de diversidad de insectos. En España la deforestación no constituye actualmente la principal amenaza para las poblaciones de insectos. En nuestro país la destrucción de hábitats está ligado principalmente a la expansión urbanística, la contaminación y la intensificación agrícola.
En nuestro país se observa un declive generalizado de las poblaciones de muchos grupos de insectos. Este proceso es la manifestación del impacto causado por las drásticas alteraciones y transformaciones de los hábitats que están afectando a un paisaje tradicional conformado y modelado a lo largo de la historia por el hombre en un mosaico de hábitats, en el que alternan áreas de tipo agrario, silvícola y ganadero con zonas menos transformadas de pastizales, matorral y bosque.
La preocupante pérdida de biodiversidad detectada por numerosos investigadores y denunciada por distintos organismos y asociaciones durante años queda explicada por los numerosos cambios del uso del suelo, con un incremento sustancial de la ocupación del territorio por distintas infraestructuras y la urbanización. La desaparición de las actividades agrarias y ganaderas tradicionales, que siempre estuvieron en perfecta armonía con el entorno natural, van siendo cada vez sustituidas por más intensificación agrícola con dosis altas de plaguicidas y herbicidas son las causantes del debilitamiento de las poblaciones de muchas especies de insectos.
Todas esas acciones antrópicas, unidas al calentamiento global que está provocando el cambio climático, irremediablemente conducen a un empobrecimiento de los medios naturales y al incremento de la tasa de extinción de muchas especies de artrópodos y otros invertebrados. Pero a pesar de todo ello y de las amenazas que se ciernen sobre las poblaciones de insectos, solo un pequeño grupo cuenta con protección.
La riqueza entomológica española comprende más del 80% de su biodiversidad animal. No ha sido hasta épocas recientes cuando se ha empezado a prestar atención a este grupo animal en las políticas de conservación de la biodiversidad. La clave para la conservación de las poblaciones de insectos es proteger y restaurar sus hábitats, garantizando la disponibilidad de recursos y conectividad de los mismos a nivel paisaje de modo que se facilite el desarrollo de las funciones biológicas de las especies y se proteja incluso a aquellas con baja capacidad de dispersión. La preocupación por la conservación de este grupo animal, impulsada por la Asociación española de Entomología, dio el salto definitivo con el Manifiesto de Calpe (1993), donde se dio el impulso definitivo a una nueva etapa en los temas de conservación de la biodiversidad y facilitó la colaboración con el Ministerio de Medio Ambiente. Desde entonces se han publicado una serie de trabajos que han puesto de manifiesto el creciente interés y necesidad de considerar a los invertebrados y, particularmente a los insectos, en los planes de conservación del Patrimonio Natural.
En el marco de los programas de conservación de la biodiversidad en España, la puesta en marcha del Catálogo Nacional de Especies Amenazadas (CNEA, Ley 4/1989, de 27 de marzo, de Conservación de los Espacios Naturales y de la Flora y Fauna Silvestres) supuso un considerable avance en la protección de la fauna y flora y constituyó el punto de partida de proyectos y publicaciones de referencia. A pesar del incremento del número de especies incluidas en los listados de especies amenazadas de artrópodos, son muy pocas las especies de este grupo que cuentan actualmente con programas específicos de investigación que pongan de manifiesto los requerimientos específicos de hábitat, su distribución geográfica y las tendencias poblacionales. Es necesario desarrollar programas específicos de gestión, protección y recuperación de poblaciones de artrópodos, dado que en general la mayor parte de las medidas para su conservación derivan de los programas generales establecidos para la gestión y conservación de los espacios naturales protegidos, donde no todas las especies amenazadas están presentes.
Una de las principales medidas de conservación de la naturaleza se ha basado en la designación de espacios protegidos (áreas consideradas naturales o seminaturales), en los que se ha buscado mantener los procesos ecosistémicos para preservar su biodiversidad. En muchas ocasiones este proceso ha llevado a una restricción de actividades humanas donde quedan excluidos los espacios agrarios y agroforestales y en cuya delimitación rara vez se toman en consideración los insectos. Es sabido que en la biodiversidad actual de los ecosistemas mediterráneos ha sido la actividad antrópica la que ha contribuido a configurar paisajes culturales, que a su vez han condicionado la presencia y distribución de las especies de insectos y sus redes de interacción.
La delimitación de espacios protegidos aislados (política de muchas administraciones), que los convierte en santuarios desvinculados de su entorno, con un futuro incierto en un mundo cambiante y en medio de un escenario de cambio global que condiciona de manera irremediable el futuro de los ecosistemas que ahora creemos preservar.
Proteger determinados hábitats y especies de manera aislada, sin tener en cuenta el conjunto del territorio donde se ubica el área protegida, es un error. Muchas especies tienen áreas de desarrollo larvario en zonas muy diferentes de las áreas de alimentación y dispersión de los adultos. En el caso de los insectos, los hábitats de desarrollo larvario no se han tomado en consideración y estos pueden ser muy específicos y diferentes a los de los adultos (Marcos-García & Galante, 2013).
Muy frecuentemente, los medios antropizados no son tenidos en cuenta en los programas de protección del territorio y, sin embargo, estos medios albergan una elevada diversidad entomológica que además de constituir una rica biodiversidad, contribuyen a generar importantes servicios ecosistémicos. Esta biodiversidad, y los procesos ecológicos en los que intervienen, solo pueden ser concebidos en un paisaje heterogéneo, multifuncional e interconectado, donde existan redes ecológicas robustas que proporcionen alta resiliencia a los ecosistemas.
A pesar del alto número de espacios protegidos que existen en España, encontramos que un elevado número de especies de insectos, muchas de ellas incluidas en listados de especies amenazadas, se encuentran fuera de cualquier espacio protegido.
Por otra parte, hay que tener en cuenta la posibilidad de que existan áreas de importancia internacional como zonas de paso y desarrollo de especies migratorias de insectos. Es, por tanto, necesario poner en práctica una visión de conservación que contemple el conjunto del territorio, tomando en consideración las interconexiones de los componentes de la biodiversidad y los procesos ecológicos en los que intervienen las especies.
Fdo: Manuel Martín Alzás, biólogo, profesor de biología y vicepresidente de FONDENEX