6 Abril 2026
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OPINIÓN | La Fe detrás de la valla: crónica de una Semana Santa que se paga o no se ve

OPINIÓN | La Fe detrás de la valla: crónica de una Semana Santa que se paga o no se ve

 

Mientras las ciudades españolas levantan muros opacos para que solo los bolsillos llenos contemplen a los cristos y vírgenes, las cofradías agonizan por falta de jóvenes dispuestos a cargar sobre sus hombros una tradición que se desangra entre la especulación, la secularización y una generación a la que le han robado el futuro.

 

El muro invisible de la fe

 

Huele a incienso y a cera derretida en las calles de Sevilla, pero también a algo más espeso, más terrenal: huele a dinero. Es Jueves Santo y un hombre de unos sesenta años, con la chaqueta echada sobre el hombro y un cigarrillo apagado entre los dedos, contempla desconcertado la estructura que han levantado en uno de los cruces de la carrera oficial. No es un paso. No es un trono. Es una valla. Una valla opaca, cubierta con paneles que se alzan por encima de la cabeza de cualquier adulto, diseñada con un propósito tan simple como demoledor: que quien no haya pagado su silla o su palco no pueda ver pasar a las cofradías. "Esto es lo que están montando en la carrera oficial", denunciaba un usuario de la red social X, acompañando su mensaje de una fotografía que mostraba la calle convertida en un corredor blindado.

 

Su reflexión fue contundente: "A los sevillanos nos han hecho ver como normal que privaticen por la cara nuestras calles. Vallar el espacio público en Semana Santa para que la gente no vea las procesiones en donde los rancios hacen negocio y renta con las sillas de la carrera oficial debería ser algo ilegal".

 

No es un fenómeno aislado de la capital hispalense. En Córdoba, un vídeo difundido a través de Instagram por la cuenta noticiasespana.tv documentó cómo operarios municipales instalaban estructuras de vallado opaco en plena vía pública durante el desarrollo de las procesiones. Las imágenes, que circularon con velocidad incendiaria, mostraban con crudeza una intervención que iba mucho más allá de la simple organización del tránsito o la garantía de seguridad: se trataba de una barrera visual completa. "¡Prohibido mirar! Vallas opacas para privatizar la calle en Semana Santa. ¿Es este el futuro de nuestras tradiciones?", rezaba el texto que acompañaba la publicación. 

 

La indignación saltó de las pantallas a las calles, y de las calles a los despachos. La situación llegó a tal punto en Sevilla que la propia Hermandad de la Macarena tuvo que emitir una nota de urgencia el Viernes Santo para aclarar que las vallas instaladas en la calle Alcázares no eran responsabilidad suya, ni del Ayuntamiento, ni de los cuerpos de seguridad. Un gesto que, lejos de apaciguar los ánimos, multiplicó las preguntas: si no son las cofradías, ni el consistorio, ni la policía, ¿quién está levantando estos muros en torno a la fe? La respuesta, como en casi todo lo que rodea la Semana Santa contemporánea, tiene forma de euro.

 

"La Semana Santa como producto de lujo"

 

Palcos de Semana Santa en Sevilla Palcos en la Carrera Oficial de Sevilla, donde un abono puede alcanzar los 1.016 euros. Las cifras son elocuentes y, para muchos, obscenas. En la Semana Santa de 2026, el precio por una silla en la zona más económica de la carrera oficial de Sevilla —la Plaza Virgen de los Reyes— se sitúa en 90,50 euros por abono semanal. En la zona privilegiada de La Campana, ese mismo asiento asciende a 197,66 euros. Los palcos en la Plaza de San Francisco se cotizan entre 749 y 1.016,77 euros. Y los balcones —esa nueva estrella del firmamento especulativo— pueden alcanzar los 6.000 euros de media por toda la Semana, disparándose hasta los 9.000 euros cuando se incluye el servicio de catering en ubicaciones estratégicas sobre la carrera oficial.

 

Es una cifra que conviene poner en perspectiva: hace apenas una década, un balcón con vistas a las cofradías costaba unos 1.600 euros. El precio se ha quintuplicado. Y el negocio, lejos de ser artesanal, se ha profesionalizado: compañías especializadas gestionan ya estos alquileres con la misma lógica que las plataformas de vivienda turística, optimizando precios según la demanda, la ubicación y la altura del inmueble. Un balcón en una cuarta o quinta planta frente a La Giralda puede obtenerse desde 50 euros por día; uno en planta baja, por 180 euros por persona.

 

En Málaga, el panorama es un espejo que devuelve la misma imagen distorsionada. Se instalan alrededor de 25.000 sillas en el recorrido oficial, una cifra estable desde hace una década, con precios que oscilan entre los 96 euros en las zonas más alejadas de la Catedral y los 156 euros en las proximidades del templo. Los palcos alcanzan los 1.000 euros. Los balcones en la emblemática calle Larios pueden costar 450 euros la noche. Y un dato que lo explica todo: estos asientos representan aproximadamente el 95% de los ingresos de las cofradías malagueñas. 

 

Pero quizá lo más revelador no sean las tarifas oficiales, sino lo que ocurre en la trastienda. El problema, como señalaron fuentes del Consejo General de Hermandades de Sevilla a El País, radica en la reventa, donde el precio puede multiplicarse hasta por cuatro. "Yo tengo dos sillas al principio de la carrera oficial, pago 170 euros por cada una y se las dejo por el doble a un amigo. Si no fuera él podría pedir lo que quisiera", reconocía un abonado sin rubor alguno. La dificultad para acceder a una silla o a un palco ha generado una economía sumergida que llega hasta el punto de dejar los abonos de los palcos en hoteles de cinco estrellas, donde turistas internacionales pagan en un par de días lo que equivale al coste de toda la semana. El Consejo reaccionó este año suspendiendo la adjudicación de dos palcos por irregularidades y abriendo la investigación de otras 56 denuncias.

 

Este 2026, el Consejo de Hermandades ofreció más de 30.000 asientos en la carrera oficial sevillana —apenas unas variaciones sobre las aproximadamente 33.000 sillas y 1.000 palcos que se mantienen desde los años ochenta—, una oferta que resulta grotescamente insuficiente frente a una demanda que, alimentada por el turismo, crece cada temporada de forma exponencial. Las búsquedas de alojamiento en Sevilla aumentaron un 138% respecto a una semana normal en Booking; en Málaga, el incremento fue del 247%. La ocupación hotelera rozó el 94% en Sevilla y el 95% en Málaga a pocos días de Domingo de Ramos. 

 

"¿De quién es la calle?"

 

La pregunta resuena con más fuerza cada Semana Santa. Alberto del Campo, antropólogo y experto en cultura popular andaluza, lo expresó con meridiana claridad al ser consultado por El País: "Cada vez estamos convirtiendo la Semana Santa en otro elemento más de desigualdad, de distinción, de diferencias". Frente a él, la postura pragmática de quienes, como el abogado sevillano Joaquín Moeckel, argumentan que "la Semana Santa es pública y gratuita, las procesiones salen por la calle y se ven desde la calle, pero si la quiere vivir en la avenida o en un palco pues no podrá hacerlo si no tiene dinero, igual que el que no tiene dinero no puede sacarse el abono del Barça pero ve el fútbol desde el bar". 

 

La comparación con el fútbol es recurrente, pero cojea de forma evidente: nadie juega un partido de fútbol en la vía pública. Las procesiones sí discurren por calles que se financian con los impuestos de todos los ciudadanos. Y cuando sobre esas calles se levantan vallas opacas para impedir que el pueblo llano contemple el paso de sus cristos y sus vírgenes, la analogía deportiva se desmorona.

 

En Málaga, la controversia adquirió un matiz especialmente revelador con la prohibición de las sillas plegables. Un bando municipal firmado por el alcalde Francisco de la Torre prohibió la colocación de "sillas plegables, sillas, sillones, mesas o cualquier otro mobiliario de carácter móvil" en las calles procesionales. La medida fue calificada de "clasista" por el grupo municipal Con Málaga, mientras que el primer edil apelaba al "sentido común" y a la "seguridad".

 

La paradoja es demoledora: en la misma ciudad donde se instalan 25.000 sillas de pago en el recorrido oficial, se prohíbe que un jubilado lleve un taburete plegable para no estar tres horas de pie. La escalinata de la calle Carretería, conocida popularmente como la "Tribuna de los Pobres", se ha convertido así en símbolo involuntario de una fractura social que atraviesa la fiesta de cabo a rabo. Es el lugar donde quienes no pueden pagar buscan un hueco elevado para atisbar, por encima de las vallas y las cabezas, el resplandor de los cirios y el vaivén de los palios. 

 

Porque los números hablan de un negocio descomunal. Solo en Andalucía, el sector turístico estima que la Semana Santa genera ingresos cercanos a los 1.200 millones de euros, incluyendo alojamiento, restauración, transporte y comercio local. En Málaga, la cifra alcanzó los 40 millones de euros en 2024. Los ingresos de sillas y palcos en Sevilla superan los 2 millones de euros anuales, que van íntegros a las cofradías, mientras que el Ayuntamiento asume un déficit de 3 millones de euros por el dispositivo de seguridad y logística.

 

Como sentenció un experto citado en Xataka: "Nos hemos acostumbrado a que no haya ámbito de la actividad humana que no esté sujeto a mercantilización". La Semana Santa no iba a ser la excepción.

 

"591 años de tradición mueren en silencio"

 

Procesión vacía Agentes de seguridad custodian la carrera oficial de Sevilla, donde la masificación contrasta con el silencio de cofradías que no encuentran hombros para salir.

 

Mientras las calles de Sevilla y Málaga se ahogan de turistas con cámara y tarjeta de crédito, a 800 kilómetros al norte, en la localidad vizcaína de Durango, ha ocurrido este año algo que no había sucedido jamás: el silencio absoluto. Por primera vez desde el año 1435 —591 años ininterrumpidos—, la Cofradía de la Vera Cruz, la más antigua de Vizcaya, ha suspendido sus procesiones de Semana Santa. El motivo no fue la lluvia, ni una pandemia, ni un conflicto bélico. El motivo es que no quedan hombros. No hay anderos suficientes para cargar los siete pasos —la Dolorosa, el Santo Entierro, el Nazareno, la Oración del Huerto, la Virgen de la Piedad, la Verónica y el Cristo de la Agonía— que durante casi seis siglos han procesionado por las calles del municipio. 

 

"Es una pena, las cosas han cambiado mucho. Antes la gente se pegaba por llevar al Santo", recordaba un vecino de Durango a las cámaras de televisión. Junto a él, una vecina añadía con resignación: "Ahora todo el mundo aprovecha estos días para irse de vacaciones". Cada año, una media de 400 cofrades —muchos de ellos nuevos vecinos del municipio— hacían posible mantener viva aquella tradición. Este 2026, no se alcanzó el número mínimo. Las tallas permanecerán en la iglesia del antiguo convento de las Carmelitas, "a la espera de que lleguen mejores tiempos". 

 

Durango no es una anomalía. Es la punta visible de un iceberg que se extiende por toda la geografía española. En Badajoz, la situación alcanzó niveles de emergencia: la ciudad necesita movilizar más de 800 costaleros para sacar a la calle sus 26 pasos a costal y 2 de horquilla, pero apenas dispone de la mitad. "Esta Semana Santa necesitamos movilizar más de 500 costaleros y costaleras, y de momento solo somos 280", lamentaba Ricardo Becerra, presidente de la Asociación de Costaleros y Capataces San José de Badajoz, en declaraciones recogidas por Alfa y Omega. "Falta gente joven, necesitamos un relevo generacional". Antes de la pandemia, se apuntaban cada año entre 30 y 40 voluntarios nuevos; este año no llegaron ni a diez. 

 

En Guadix (Granada), la Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad recurrió por primera vez a una cuadrilla de costaleros de Granada, a quienes se dará una "gratificación" que estos donarán a su propia cofradía. Francisco Javier López, presidente de la Junta gestora, lo resumió con una frase que suena a epitafio: "Llevamos varios años saliendo con lo justo, con menos costaleros de los que precisaría cada imagen. Nosotros estaremos hasta que el cuerpo aguante".

 

En Jerez de la Frontera, la Hermandad de las Cinco Llagas dio un paso que hace dos décadas hubiera sido impensable: contrató costaleros asalariados, pagando 60 euros a cada uno de los 48 hombres que se meterían bajo las trabajaderas del paso de palio de María Santísima de la Esperanza. Ernesto Romero, hermano mayor, intentaba restarle dramatismo: "Realmente no es tan extraño, en Sevilla hay cuadrillas profesionales en muchos pueblos". Pero un cofrade jerezano, Francisco Javier Pérez Rodríguez, reconocía la magnitud del problema: "No hay tantos costaleros como antes y estamos en un cambio generacional. Se han ido los más veteranos y los jóvenes en algunos casos no tienen esa responsabilidad que tienen los mayores".

 

En Salamanca, dos pasos fueron directamente suspendidos. En Palencia y Toledo, los llamamientos públicos de hermandades desesperadas se convirtieron en noticia. Y en Badajoz, donde este año toca la salida quinquenal de todos los pasos el Viernes Santo, el presidente de los costaleros admitía con la voz quebrada: "No sé qué vamos a hacer, tendremos que turnarnos, o ir menos costaleros por cada paso… pero no vamos a dejar de salir a la calle ni vamos a dejar las imágenes en casa". 

 

"Una generación que no cree, no puede y no quiere"

 

Para comprender por qué las cuadrillas se vacían, las cofradías envejecen y los pasos se quedan sin hombros, hay que mirar más allá de los cirios y las túnicas. Hay que mirar a los ojos de una generación a la que le han sustraído las certezas con las que crecieron sus padres.

 

Los datos del primer Barómetro sobre Religión y Creencias en España, elaborado en 2025 por la Fundación Pluralismo y Convivencia, adscrita al Ministerio de la Presidencia, dibujaron un retrato demoledor de la relación de la juventud con la fe institucional: el 61% de los españoles de entre 18 y 24 años no se identifica con ninguna religión. El 27% se declara agnóstico. El 21% se define como indiferente. El 13%, directamente ateo. Los católicos practicantes entre los jóvenes apenas representan un 8% del total, mientras que los ateos declarados rozan el 24%. La dimensión religiosa ocupa el último lugar entre todos los factores que dan sentido a la vida de los españoles, por debajo del crecimiento personal, el contacto con la naturaleza e incluso las mascotas. 

 

"La secularización está arrollando la Iglesia y está pasando por encima de todos, y las cofradías no íbamos a ser menos", admitía Francisco Javier López, el cofrade de Guadix, con una lucidez que cortaba como el filo de una saeta. Y añadía una observación estremecedora sobre la composición demográfica del mundo cofrade actual: "En la mayoría de cofradías estamos los que tenemos 40 años o más, y los jóvenes de 18 o 20 años son los hijos de los que ya estamos. Entre medias hay toda una generación que es ajena al mundo cofrade". 

 

Pero sería un error reducir el desapego juvenil a una mera cuestión de creencias. Hay algo más profundo, más visceral, que aleja a los jóvenes no solo de los pasos, sino de cualquier forma de compromiso comunitario estable: la precariedad existencial en la que sobreviven.

 

España cerró 2025 con el precio de la vivienda en récord histórico: 2.230 euros por metro cuadrado, el mayor importe registrado en toda la serie estadística del Ministerio de Vivienda desde 1995. Menos del 10% de quienes compraron casa tenían entre 18 y 30 años. La edad media de emancipación se sitúa ya en los 30,9 años. El déficit acumulado de viviendas supera las 600.000 unidades, según el Banco de España.

 

El desempleo entre los menores de 25 años se mantiene en el 24,9%, cifra que prácticamente duplica la media europea. Los españoles destinan entre el 30% y el 45% de su salario al alquiler —porcentaje que supera el 50% en Madrid y Barcelona—, y el 61% de los inquilinos reconoce no poder ahorrar. Según Oxfam, la pobreza entre los arrendatarios alcanzó el 32,6% en 2025, y el riesgo de exclusión social afecta a cerca del 43,6% de la población.

 

"Siento que todo mi entorno estamos súper cualificados, intentando buscar empleo donde podemos, esforzándonos mucho, y no vemos manera de ser recompensados", contaba Andrea, de 27 años, desde Pamplona, donde ha vuelto a vivir con sus padres tras tres años trabajando en el extranjero porque no puede permitirse una vivienda propia. Enola, de 24, que sueña con independizarse con su pareja pero no le salen las cuentas ni para un alquiler compartido, lo resumía entre la frustración y la incredulidad: "Con todo lo que hemos estudiado, con todos los conocimientos que tenemos, con las ganas que tenemos de trabajar, y no poder permitirnos ni siquiera irnos a un alquiler…". 

 

¿Cómo pedirle a una generación que no puede pagarse un piso que se apunte a una cofradía? ¿Cómo exigirle que dedique sus sábados a ensayar la levantá cuando sus domingos los pasa haciendo números para llegar a fin de mes? ¿Cómo convencerla de que la tradición importa cuando el presente le niega el más básico de los derechos: un techo bajo el que construir su vida? El pacto generacional se ha roto, y las cofradías son solo uno de los escenarios donde se manifiesta esa fractura.

 

"Ensayos de supervivencia: captar al que se fue"

 

Las cofradías no se han quedado de brazos cruzados, aunque sus estrategias revelan tanto voluntad de adaptación como cierta desesperación. La Cofradía de la Fe de Sevilla lanzó ya en 2022 una campaña específica de captación bajo el lema "Tú eres Semana Santa", ofreciendo condiciones simplificadas de ingreso para nuevos hermanos: bastaba con no haber pertenecido a la hermandad en los últimos tres años y formalizar la inscripción.

 

En Zaragoza, la Junta de Cofradías creó la vocalía "Juventud Cofrade – JOHC", cuyo objetivo explícito es "tener en cuenta a los jóvenes, sus inquietudes y su manera de ver la fe y la Semana Santa", integrándolos en todos los actos que organizan las hermandades de la ciudad. 

 

Las hermandades extremeñas, ante la emergencia, abrieron la participación como costalero a "cualquier persona interesada, incluso sin experiencia previa", e insistieron en la necesidad de "implicar a niños y jóvenes desde edades tempranas" para despertar el interés por la tradición. En Badajoz, Ricardo Becerra hacía llamamientos a los pueblos colindantes para que enviaran refuerzos, pero la respuesta era desalentadora: "Todo el mundo está pelado. La gente está para cubrir apenas sus pasos, y no para ayudar a otros". 

 

En el encuentro nacional de cofradías y hermandades celebrado en Medina del Campo, las conclusiones de las mesas de trabajo apuntaban a la necesidad de implementar "planes de acogida a los nuevos hermanos y seguimiento, para que no abandonen", reconociendo que las cofradías tienen una "relevancia fundamental como primer anuncio de la fe" pero que están perdiendo esa capacidad de atracción.

 

Y en Durango, la localidad que ha guardado un silencio de casi seis siglos de tradición, una lámina de esperanza: aunque los pasos no salieron, se mantuvo el Vía Crucis con la participación de 120 figurantes. La llama no se ha extinguido del todo. Pero parpadea. 

 

Hay, no obstante, una nota en contrapunto. En Alicante, la Semana Santa registró en 2025 un incremento cercano al 10% en el número de participantes, superando los 11.000 integrantes, con un papel creciente de la juventud. Y en Donostia-San Sebastián, las procesiones volvieron este año tras casi 60 años de silencio, en lo que algunos interpretan como un revival del catolicismo vasco.

 

"La paradoja final: la fe como espectáculo y el espectáculo sin fe"

 

Hay una imagen que condensa toda la contradicción de esta Semana Santa de 2026, y no es la de un cristo bajo palio ni la de una virgen entre cirios. Es la de un turista japonés fotografiando con su iPhone una valla opaca detrás de la cual, supuestamente, está pasando la Esperanza Macarena. No puede verla. No ha pagado. Pero la fotografía la va a subir a Instagram de todas formas.

 

Porque en eso se ha convertido buena parte de la Semana Santa española: en un espectáculo del que se alimentan instagramers, plataformas turísticas, hoteles boutique y compañías de alquiler de balcones, pero cuya esencia —la fe, la penitencia, el silencio interior— se evapora como el humo del incienso en una calle masificada. Francisco Javier López, el cofrade de Guadix, advirtió con amargura de un fenómeno que ya observa incluso entre quienes todavía participan: "Se está sustituyendo la devoción popular por una especie de 'deporte sacro': costaleros que se toman esto como un deporte, una moda o una experiencia. Es algo que te puede acercar a Dios, pero también puede ser que no…".

 

La Semana Santa española se encuentra atrapada en un callejón oscuro, como esos que atraviesan los pasos de madrugada. Por un lado, la mercantilización galopante que convierte la tradición en un producto de lujo, levanta muros donde antes solo había aceras y engrosa las cuentas de quienes han aprendido que la fe también cotiza en bolsa. Por otro, una crisis vocacional sin precedentes que vacía las cuadrillas, envejece las cofradías y amenaza con silenciar procesiones centenarias. Y en el centro de ambas fuerzas, una generación joven que no encuentra en la religión institucional ninguna respuesta a sus preguntas —ni empleo, ni vivienda, ni estabilidad, ni sentido— y que mira las procesiones, cuando puede verlas por encima de una valla, como se mira un hermoso anacronismo.

 

El sector turístico celebra cifras récord. Las hermandades cuentan los euros de las sillas. Los ayuntamientos firman bandos que prohíben taburetes plegables. Y mientras tanto, en una iglesia de Durango, siete tallas de madera esperan en la penumbra a que alguien quiera volver a llevarlas sobre sus hombros.

 

La Semana Santa sigue viva. Pero la pregunta que flota en el aire de esta primavera de 2026, mezclándose con el aroma del azahar y el eco lejano de una saeta, ya no es si las procesiones saldrán. La pregunta es para quién salen. Y a quién dejan fuera.