OPINIÓN: La guerra no tiene rostro de mujer
La premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexievich, escribió la historia nunca contada acerca no de los relatos de los combates llevados a cabo, sino de los hombres y mujeres en la guerra. Testimonios de mujeres, no para negar que las mujeres han participado en ejércitos profesionales (ya en el siglo IV, en Atenas y Esparta las mujeres participaban en las guerras griegas), sino para dar voces a un modo de ver el mundo, de hacer visibles y audibles a las guardianas del silencio. El libro recoge narraciones completamente nuevas: de cómo unas personas matan a otras de forma heroica y de cómo finalmente obtienen la victoria.
Las mujeres hablan de otras cosas, tienen sus propias palabras. La autora bielorrusa, nacida en 1948, se pregunta: ¿por qué después de haberse hecho un lugar en un mundo que era del todo masculino, las mujeres no han sido capaces de defender su historia, sus palabras, sus sentimientos? ¿Por pedida de confianza? La guerra sigue siendo desconocida.
“El ser humano es más grande que la guerra”, y recuperar la memoria no es solo contarla para repetir lo que los libros de historia oficial dicen y nos cuentan en las aulas, es decir la supuesta verdad sobre la vida y la muerte. Es clave destacar los sentimientos, lo que cada persona ha sentido, de que se habla en los hogares antes de partir a la guerra, qué se dicen la ultima noche a sus amados, cómo se despiertan, cómo esperan, de los deseos, de los desengaños, de las pesadillas, de los dolores callados. De todo lo que no nos muestran desde las televisiones en directo, ayer y hoy.
¿Qué es la guerra? ¿Cómo explicar la muerte? ¿Cómo responder por qué unas personas matan a otras? ¿Cómo han explicado a los hijos e hijas lo que cada uno pasó en el frente, en la espera?
Es difícil encontrar las palabras para tantos interrogantes. Directamente las mujeres nos dicen que las guerras son un asesinato, las actuales igualmente, ya sea en Irán, Palestina, Ucrania y hasta en más de cincuenta países en el mundo. La autora, con todas las entrevistas realizadas a mujeres, francotiradoras, tanquistas, enfermeras y un sin fin de tareas en el frente, nos recalca que son mas terribles que las masculinas. Los hombres se ocultan detrás de la Historia patriótica de su país, los seduce con una acción para la que han nacido, juegan con armas para que no las extrañe si deben usarlas de mayores, pero las mujeres tienen otra guerra, la de la vida misma.
¿Se inventan la guerra las mujeres cuando se les permite hablar?
A la vida real le sobra fantasía. Ellas siempre afirman que la guerra es ante todo un asesinato, que nadie quiere ir a morir y lo insoportable de tener que matar… una guerra tan distinta a la contada por los hombres que nadie se atreve ni debe decir. Las mujeres lloran y gritan el horror acerca de las Grandes Victorias, y sus palabras no preparan para defender y prepararse para la siguiente guerra, para el siguiente acto de valentía.
Al libro, al reportaje literario, de Svetlana, el censor le respondió inmediatamente: “después del leer un libro como este nadie quera ir a la guerra. Usted con su primitivo naturalismo está humillando a las mujeres. A la mujer heroína. La destrona. Hace de ella una mujer corriente. Una hembra. Y nosotros las tenemos por santas”. Pero todo esto empieza a tambalearse cuando cierta prensa nos informa de “la difícil tarea de vuelta a casa de los mutilados rusos en la guerra”; la vida queda dividida y nadie sabe lo que les espera y quién les espera. Por otra parte, las mujeres palestinas en España llevan organizando una red de escuelas en Gaza. No están lejos y sienten lo que los jóvenes, hijos e hijas, al despertar encuentran a su alrededor y con la escuela construyen un futuro sin honores, con ilusiones de vida y de una revolución que poco a poco se abrirá camino como así lo hizo Sudáfrica.
En esta misma estela de no ficción acaba de publicarse un nuevo recorrido literario a fin de romper con el silencio de las mujeres de la antigua Unión Soviética que soportaron el control patriarcal del estado, la religión y las tradiciones. Malgorzata Nocún, periodista y escritora nacida en Polonia en 1980, recoge las historias de guerra de los habitantes de Europa del Este que aún se heredan de bisabuelas y abuelas. Se han heredado, desde la segunda gran guerra mundial, traumas y medallas a la altura del pecho, pero la guerra de las mujeres ha sabido superar la propaganda de la verdad terrible, terrible, y lo es porque hablan de sus auténticas experiencias. De cómo las mujeres sobrevivían con cadáveres apilados al salir de su casa, de cómo se retiraban como hoy se retira la basura.
Después de la guerra se enamoran, pero nunca dejan de pensar en el sitio. No es la historia oficial, no es la historia de los libros de texto, de los periódicos de la época, son experiencias vividas que explican cómo se estructura la violencia, cómo poco a poco los supervivientes comprueban cómo miles de personas morirán en las ciudades, cómo los excavadores, levantando la tierra, enterraban a la gente en hondas fosas comunes, de cómo se recuerda el hambre, cuestión de vida, muerte y amor. Tras el ataque de Rusia a Ucrania claro que las mujeres han ido al frente, otras han salido fuera con sus hijos, y en ambos casos la guerra es un trauma parecido. Dirían que vuelven a convertirse en heroínas, pero quieren ganar en visibilidad para también narrar la verdad desde el punto de vista de la mujer.
Y ahora, también en España, para seguir su lección, las nietas jóvenes preguntan a sus abuelas acerca de la guerra, no para comprobar si los libros de texto se han equivocado sino para decir cómo fue de verdad. Y, en Navalmoral de la Mata, el cine club Pasolini va a estrenar el cortometraje “Mi abuela extremeña” (en la sala Takta, el sábado 21 de marzo), una memoria que atraviesa casi un siglo de historia extremeña, durante la guerra civil creciendo con la escasez, el silencio y la supervivencia.