OPINIÓN: El futuro no es la guerra
Este año se celebra el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de los EEUU como rebelión al gobierno de Inglaterra, y también la ayuda de estados rivales como Francia y España. Se trataba de derrotar a Inglaterra donde las reuniones con los embajadores de ambas partes trataban de informar de qué intereses distintos se debían resolver con la guerra armada. En 1779 España declaró la guerra a Inglaterra para aliviar al ejército americano de Georges Washington, y de esta manera obtener, por parte de España, nuevas recompensas coloniales. La continuación ya es más conocida.
La guerra era considerada como el único medio de respetar al ser humano, la libertad y vencer al tirano, principios que se consideraban democráticos, ya que apostaban por valores espirituales y materiales. Las religiones (“con la ayuda de Dios, expulsar, matar y destruir”) y el colonialismo (de supremacía blanca, masculina, burguesa y adulta) eran legitimados por las ideas expuestas en la Escuela de Salamanca del siglo XVI.
Desde entonces las guerras más cruentas y globales de la humanidad han ocurrido en el espacio europeo, de 1914 a 1945, con más de cien millones de muertos. Los vencedores, EEUU desde fuera y la URSS desde dentro, dividieron a Europa, y el mundo, en dos bloques sostenidos por la acumulación de armas nucleares (sí, las que dieron origen a las centrales nucleares actuales), que solo movimientos científicos, antinucleares, descolonizadores, pacifistas y feministas consiguieron frenar con soluciones, con vigilias, marchas, denuncias, huelgas laborales y de hambre, que se retomarían, con nuevos movimientos no violentos, a la caída del muro de Berlín en 1990.
Este mes de enero se cumplen tres años en que el Tratado sobre Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN) entro en vigor con 93 países firmante y 70 como estados parte, lo que en el actual contexto de inestabilidad global es un avance para que el derecho internacional reconozca la eliminación total de las armas nucleares donde se incluyen la reutilización de residuos radiactivos de las centrales nucleares (véase Francia con el tritio, subproducto delos reactores atómicos, en su propuesta de rearme europeo)
La definición de gran guerra mundial (“hermanos a las armas”) se ha globalizado en los mismos territorios que lo ha hecho la economía capitalista y los sistemas políticos liberales (“Ellos o nosotros”). Desde la Segunda Guerra Mundial ha habido guerras hasta en 170 países en el mundo: guerras fronterizas, guerras civiles, guerras de ocupación, guerras extractivistas, guerras genocidas que se han ido ampliando en guerras cortas e intermitentes contra las drogas, guerras antiterroristas, guerras de seguridad preventiva… De ello nos deja constancia el Instituto Internacional de Investigación para la Paz en Estocolmo(SIPRI) fundado en 1966, que investiga y publica no solo los conflictos armados, sino los países que producen armas (también químicas y biológicas) con todo el entramado globalizado, y dónde se ponen de relevancia los sistemas de prevención y de seguridad internacional. En español se puede seguir a través del Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ) creado por Federico Mayor Zaragoza en el año 2000 donde se publican las tendencias internacionales, así como las repuestas diplomáticas y de la ONU, que nos pueden ayudar a entender y acercarnos de manera más objetiva a esa especie de voluntad guerrera del hombre en el mundo.
¿Debe tener la guerra algún futuro?
Con la llegada, por segunda vez, de Donald T. a la presidencia de EEUU, de la hinchazón inicial ha pasado a la provocación guerrera internacional, teniendo a la OTAN como mediadora para crear un nuevo orden militar de dominación en el mundo, una especie de guerra del comercio de minerales, para convertir a países enteros en minas estadounidenses y, por otra parte, seguir apoyando las guerras genocidas.
¿Por qué la guerra? ¿Estamos convencidos, en la estela de Donald T. y extrema derecha que no queda otra, y que el futuro mundial continuará siendo de sangre y ruinas como en otros tiempos?
Con el título de “Por qué la guerra”, Richard Overy (editorial Tusquets, 2025. 379pp), historiador inglés acaba de publicar en español una aproximación muy lúcida para seguir orientándonos acerca de cómo resolver los conflictos y de cómo se ha contribuido a que la guerra sea la solución inevitable. El libro está dividido en dos partes. Una que analiza las contribuciones que la biología, la psicología, la antropología y la ecología han impuesto. Y otra donde se estudian los objetivos directos por los cuales la guerra pretende aún ser la solución humana universal: a través de los recursos, las creencias, el poder y la seguridad.
Desde la supervivencia biológica, no hay mayoritariamente rasgos favorables al conflicto, o en todo caso los mismos que para la sociabilidad y la construcción cultural (véase el Manifiesto de Sevilla sobre la Violencia revisado en 2017, donde se explicitan soluciones efectivas que promueven la paz).
Y si la guerra se ha de buscar en la mente humana, a pesar de todos los intentos, no hay estudios completos acerca de las raíces psicológicas de la guerra. Los líderes guerreros que veían estimulante y excitante correr riesgos lo único que consiguen es contribuir a la reputación de la comunidad en el caso de que tuvieran éxito (acaba de publicarse el trabajo acerca de 'Los Irresponsables. ¿Quiénes han llevado a Hitler al poder?', de Johann Chapoutot. 2025).
Para la antropología, la cultura no causa la guerra; la variabilidad que tenemos en todo el planeta de culturas, en épocas y contextos diferentes no determina la guerra y sí lo hacen los motivos materiales e inmateriales (hay una publicación de Felipe Fernandez-Armesto, “Un pie en le rio. Sobre el cambio y los límites de la evolución”, 20116, que explica por qué la cultura humana cambia de un país al otro).
Para la ecología, las restricciones ecológicas no se pueden tomar como una justificación para la expansión violenta. A través de la mayor parte del pasado humano se carece de pruebas de que la contribución ecológica haya producido conflictos. Con la emergencia climática y la cooperación internacional se reducirá la posibilidad de guerras climáticas, aunque las regiones más afectadas y menos capaces de su mitigación sufrirían más las consecuencias. Así ocurre con los terremotos, igual de dañinos, pero con efectos devastadores según el empobrecimiento provocado por el sistema capitalista.
Las guerras modernas lo son por los recursos, más allá de las guerras comerciales. Hoy en día por el petróleo: supone que sin él no podría funcionar el sistema militar moderno, lo que explica claramente el juego hegemónico de EEUU frente a otras grandes potencias. Han sido las guerras las grandes destructoras de la naturaleza y del medio ambiente.
Pero son las creencias las que se han vuelto a introducir en cualquier análisis de guerra, es decir que los motivos religiosos son esenciales para revisar toda la historiografía acerca de la violencia, y del léxico guerrero. Es en ellos donde se apoyan los nacionalismos que nos obligan a aumentar los presupuestos militares. Para defenderse de la opresión, hay que exigir la reducción de las operaciones militares como el desarme completo. No más fábricas de armamento.
En cuanto a la búsqueda de poder, la guerra siempre ha ido en contra de los pueblos, entendida como defensa de una identidad nacional: fama y honor para aquellos que participaban. Por ello, la guerra no tiene rostro de mujer (Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015).