19 diciembre 2018
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OPINIÓN: Las candelitas. Una tradición auténtica, sin subvenciones ni cámaras

Tan pronto como el otoño enseña las orejas por encima del horizonte de los días, la chiquillería de Salvatierra de los Barros, en el suroeste de la provincia de Badajoz, comienza a acarrear. Acarrea y amontona leña, madera en general, matorrales y cualquier cosa de origen vegetal que se pueda entregar al fuego. Aprovecha los restos de las podas, las maderas abandonadas, los palos y tablas retirados de los techos, así como puertas rotas, ventanas inservibles y muebles viejos… En Salvatierra, casi todo vale para hacer una candelita.

Poco a poco, un día tras otro, con la dedicación y el esfuerzo de la gente menuda -de Manuel, de Lidia, de Rocío, de Juan, de María y de casi toda la infantería local…- se va formando la pira festiva de la candelita.

El montón es obra de chicos y chicas que suelen tener entre 8 y 13 años y exalta el valor y la importancia de lo genuino, de lo que no necesita reinventarse para existir. Es una tradición tan arraigada en Salvatierra de los Barros que puede pervivir por sí misma, sin subvenciones ni cámaras de televisión. Las candelitas de Salvatierra no pasan de padres a hijos; pasan de niños y niñas a niñas y niños. Porque es este segmento de la población local el auténtico protagonista de una práctica a la que se le pueden atribuir todos los simbolismos que se quiera, pero que no es un rito iniciático, ni una ceremonia asociada a la pubertad, ni tampoco una operación de limpieza de callejas, caminos y corrales.

Con las candelitas, la chiquillería salvaterreña se siente protagonista sin necesidad de ser tutelada por las personas mayores. Los críos y las crías buscan la leña, la amontonan y la queman. Le prenden fuego el día 7 de diciembre, por la noche, víspera de la festividad de la Inmaculada, así que o bien surgió como práctica cristiana, para honrar con fuego -en otros lugares corre la pólvora- a la madre de Cristo, o la jerarquía católica cristianizó un antiguo rito pagano que, por su cercanía al solsticio de invierno -entre el 20 y el 23 de diciembre- bien pudiera tener como finalidad darle la bienvenida al sol y al crecimiento de los días.

Por Santa Lucía (13 de diciembre) mengua la noche y crece el día, asegura el refrán. Es lo mismo que hizo la Iglesia al vincular la fecha del nacimiento de Jesucristo con el solsticio de invierno, el momento en el que los días, la luz, la esperanza, empiezan a crecer y las noches, la sombra, el desaliento, el miedo, a menguar.

Pero nada de esto parece estar presente en las candelitas de Salvatierra de los Barros. La chiquillería disfruta tanto acarreando el combustible con sus propias manos, como contemplando las llamas que trepan por la boca de lobo de la noche. Ese es el momento en el que se acercan las personas adultas para acompañar a los verdaderos protagonistas y rememorar su propia infancia, si la tuvieron, y su pasado candelitero. Junto a las llamas, mientras arde lo malo de un año que ya enfila la recta final de sus días, se consumen golosinas y algunos alimentos apetecibles, hasta que el esfuerzo y la ilusión de la chiquillería quedan reducidos a un círculo de ceniza escrito en el suelo.

Hasta hace no muchos años, se hacían candelitas en cualquier plaza o ensanche de las calles de Salvatierra. Ya no queda suficiente gente menuda para tantas candelas, pero al menos hay una, la de La Fontanilla, cerca de la fuente de La Romana, que junto a alguna más sigue alumbrando a las generaciones de una Salvatierra de los Barros que tiene al fuego, de sus hornos alfareros, de sus matanzas domésticas y de sus candelitas, como referencia. Aunque, curiosamente, el 2 de febrero, día de la Candelaria, una fiesta con tanto peso religioso en el mundo cristiano, pasa desapercibido, sin procesiones ni candelas, como si la población estuviese contando las horas que faltan para festejar al día siguiente, el 3 de febrero, a San Blas, patrón de la localidad, para comer sus ingenuas roscas de pan y conseguir algún cordón bendecido, con el deseo, con la esperanza y hasta con la certeza de que le espantará los males de garganta. Así es todavía Salvatierra de los Barros.



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